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¡Tristes ojos míos, maltrecho
corazón! En pocos meses la flor más bella de mi Universo ha doblado su tallo y
ha perdido la corola de su frente. ¡Ojalá mis ojos no hubieran tenido
luz!!Ojalá mis brazos no hubieran estado allí! ¡Ojalá mi piel fuese insensible!
¡Ojalá mi corazón se hubiese mudado del pecho! No tengo cómo justificar ante esta página en
blanco el homicidio de mi ausencia. Aquella otrora espiga enhiesta, danzante, cantarina…
se ha ido encorvando con el peso de los años y de la ausencia. Aquella corola
multicolor ha palidecido con la santidad de una virgen. La alegría de su pecho
ha convulsionado entre mis brazos como quien atrapa una estrella. En un abrazo
eterno quise deshacer la distancia culpable de tanta tortura y fueron mis ojos
la lluvia que no alcanzó a humedecer las raíces del árbol de la maternidad.
Jamás supe de semanas transformadas en meses; meses que hurtaron años y años
que mutilaran a una flor. No culpo al tiempo: es la distancia la homicida en
complicidad con mi tiempo de cielo y mar. Tristes estos ojos míos con una
imagen de ternura perpetuada en sus pupilas, huérfano corazón mío destilando
llanto. ¡Oh!, pintor de almas, si puedes plasmar en el lienzo la belleza de
tanta tristeza, te pago con lágrimas cada pincelada. Entre distancias,
ausencias y penas,” mi madre se me ha puesto vieja” y lo más triste es que me
he perdido la caída de cada
pétalo de aquella corola que reía y cantaba con el viento, enhiesta y firme en
la espiga de su cuerpo. Y lo más estoico de mi semblanza es que apoyada en un
bastón a su espalda no dobló su espiga ni en el abrazo. Me falta coraje para
cobrar la cuenta al tiempo. Los homicidas
han sido la distancia, el cielo y
el mar y este andar de mi cuerpo por
otras latitudes, mientras mi raíz se aferra al terruño donde la espiga de mi
flor muestra al mundo que el amor de una madre soporta siglos de ausencia. “Mi
madre se está poniendo vieja” y yo me
estoy perdiendo cada pétalo que su corola va dejando caer. No vale que vaya a
fundirme con el polvo de su savia sobre la tierra… no se vale. Regresaré para
sostenerte mientras tu espiga abrigue mi cuerpo. Es una promesa, que aunque no
borre las huellas, al menos… las acaricie.